sábado, octubre 07, 2006

DE REBELION

La izquierda incorrecta


Alberto Cruz
Pueblos/Rebelión



El año 2006 va a ser crucial en la historia de América
Latina. Y, por extensión, del resto del mundo. En este año hemos visto,
y vamos a ver, cómo la izquierda avanza considerablemente en Colombia,
en México (donde sólo se la ha privado del triunfo gracias a un
gigantesco fraude electoral), en El Salvador (con una situación similar
a la de México), en Perú, en Nicaragua, en Ecuador (donde ya se están
registrando amenazas de fraude), en Bolivia y en Venezuela. Incluso en
Brasil, donde la derrota de Lula al no ser reelegido en primera vuelta
augura un esperanzador futuro para el Partido Socialismo y Libertad.


El PSOL está encabezado por
Heloísa Helena, expulsada del PT de Lula en diciembre de 2003 por
oponerse a la propuesta de reforma del sistema de seguridad social
impulsada por ese mismo partido, y en estas recientes elecciones apenas
ha llegado al 7% de los votos, pero es una cifra sin la que Lula no
podrá volver a gobernar. Lula ha visto las orejas al lobo, ha
comprobado en su carne que Roma no paga traidores (el capital, por
quien tanto ha hecho) y, por lo tanto, está obligado a dar un
sustancial giro a la izquierda.


América Latina es una zona que ha sido históricamente
dominada por Estados Unidos -el famoso “patio trasero”- desde que en
1823 se pusiera en marcha la Doctrina Monroe y que casi doscientos años
después está empezando a dar la espalda a la gran potencia. Es como el
niño que cuando ya se siente seguro al andar rechaza la mano del adulto
para hacer ostentación de su autonomía e independencia. Se puede y debe
discutir si Daniel Ortega representa hoy al sandinismo o no; si en
Ecuador se recompone la izquierda en la figura de Rafael Correa (junto
a otros candidatos como Marcelo Correa o Luis Villacís) o la aparente
ruptura con los partidos tradicionales no es más que otra estrategia de
la oligarquía para mantener el control al igual que sucedió con el
fracaso de Lucio Gutiérrez y los tan traídos y llevados “forajidos”.


Se puede discutir si Lula, tras no haber logrado el
triunfo en la primera vuelta de las presidenciales, va a romper su
alianza tácita con la gran burguesía y está dispuesto a avanzar en un
plan integral de reforma agraria como reclama el Movimiento Sin Tierra;
si en Bolivia avanza el plan de nacionalización de los hidrocarburos, o
si el socialismo del Siglo XXI que se proclama en Venezuela es algo más
que una consigna con muy poco contenido “por ahora”, como diría Chávez.


Se puede discutir si los partidos que ya están en el
gobierno en algunos países están poniendo en marcha un nuevo socialismo
o, simplemente, buscan fórmulas más prácticas y eficaces de hacer
funcionar el capitalismo.


Pero lo que es innegable es que todos estos movimientos
están poniendo muy nerviosa a la Administración Bush. Son parte de una
tendencia que es algo más que un sarampión pasajero y que son la
consecuencia del fracaso absoluto de las políticas monetaristas y
librecambistas impuestas a sangre, y nunca mejor dicho, y fuego por el
Fondo Monetario Internacional. Ese gran cártel de las finanzas en manos
de los Estados Unidos para influenciar en las políticas económicas, a
costa de las políticas sociales, de los países del denominado Tercer
Mundo y dictar a estos gobiernos soberanos qué es lo que tienen que
hacer, qué decir y cómo comportarse.


Lo que se está extendiendo por América Latina es la
“izquierda incorrecta” -cuyo máximo exponente es el presidente
venezolano, Hugo Chávez,- denostada con calificativos de populismo,
antidemócrata, dictatorial y otras diatribas varias en contraposición a
los encendidos elogios que se vierten de experiencias de gobierno como
las de Chile, Uruguay y Brasil, por poner otros casos, y que son la
“izquierda correcta” y cuya filosofía es muy simple: no molestar al
patrón. Lo dijo bien claro el presidente brasileño al manifestar que su
máxima frustración es no lograr los votos de los oligarcas pese a que
con su gobierno se han hecho más ricos que nunca. Lula no es ni
siquiera un reformista radical, como lo atestigua el que reciba apoyos
del gran capital internacional, pero es innegable que cuenta con el
apoyo de la gran mayoría de pobres de Brasil que, al menos, están
recibiendo ayudas para paliar el hambre en una política de claro corte
asistencialista que no pone en apuros la política económica. Algo que
genera la crítica justificada de sus antiguos aliados, especialmente de
los campesinos sin tierra y de los sin techo.


Y eso por no hablar de la política de concertación con
la Democracia Cristiana en Chile que llevó a Michelle Bachelet a la
presidencia, la represión ejercida contra los movimientos estudiantiles
y la duda existencial que tiene ahora esta mujer sobre si votar o no a
Venezuela como miembro latinoamericano del Consejo de Seguridad de la
ONU. El voto a Venezuela en la ONU será la raya que marcará la
diferencia entre unos y otros. Aquí no puede nadie mantenerse neutral.


Con una lógica que sigue los parámetros de la guerra
fría -la penetración soviética ha sido sustituida por el maléfico eje
Castro/Chávez/Morales y hay quien añade a Kirchner- este avance de “la
izquierda incorrecta” es visto como una amenaza estratégica para
Estados Unidos. Y puesto que ahora ya no es creíble la amenaza
comunista, a excepción de los paranoicos cubanos exiliados de Miami y
la nauseabunda oligarquía venezolana, se acusa a los gobiernos que
están en manos de “la izquierda incorrecta” de tener vínculos con el
terrorismo, o con el narcotráfico, o con el programa nuclear iraní si
viene al caso. La bombilla que ha encendido todas las alarmas ha sido
el discurso, demoledor, de Chávez en la tribuna de la ONU con motivo de
la 61ª sesión de la Asamblea General. Nada más gráfico que este
discurso para poner de manifiesto lo que está ocurriendo en el mundo y
no sólo en América Latina: que el poder de Estados Unidos está
decayendo gracias, entre otras cosas, a esa “izquierda incorrecta”.


Eso lo ha entendido muy bien el imperio puesto que
desde que Chávez intervino en la ONU todas las miradas de la gran
prensa estadounidense están en América Latina, y no en Oriente Medio a
pesar de Iraq y de la reciente guerra de Israel contra Líbano. Los
últimos editoriales de diarios como The Wall Street Journal y The New York Times son buena muestra de ello [1].
Si la batalla de Venezuela por lograr el voto para ser miembro no
permanente del Consejo de Seguridad de la ONU se mantenía, más o menos,
en un segundo plano desde el discurso de Chávez ha adquirido la
categoría de “amenaza nacional”. The Wall Street Journal
habla de “charada” pero, al mismo tiempo, considera “de urgencia”
evitar que se elija a Venezuela y se pide a los aliados europeos que
presionen a sus amigos latinoamericanos para que no voten por un país
conducido por un “radical” que se alía con Siria, Irán y Hizbulá
mientras extiende la “desestabilización” por las “jóvenes y frágiles
democracias” de América Latina. En estos medios se habla del presidente
de Venezuela como la principal amenaza para los intereses estratégicos
de EEUU, se recuerda que ha sido el principal escollo del ALCA y se le
acusa de ambiciones imperiales para hacerse con el control de la
riqueza gasística de Bolivia, “algo que EEUU no puede consentir”. Se
llega a afirmar, sin tapujos, que el campo de batalla, como cuando el
Che, “está ahora en Bolivia”. Tal vez eso ayude a comprender la
situación actual en este país, los problemas de Evo Morales con la
amenaza patente de la oligarquía de separatismo de Santa Cruz y los
escollos a la Asamblea Constituyente.


FMI versus Venezuela


El giro a la izquierda, más o menos radical, que se
está produciendo en América Latina es consecuencia del fracaso de una
macroeconomía impuesta por el neoliberalismo que ha incrementado
enormemente la desigualdad y la pobreza en la gran mayoría de la
población mientras una minoría, la de siempre, se ha enriquecido aún
más. Es, también, el fracaso de instituciones como el FMI, que ya
recibió una primera sacudida en su credibilidad en los primeros años de
la década de 1990-2000 con la crisis asiática y mexicana. Si entonces
pudo recomponer en parte su estrategia, no se ha podido reponer todavía
del gran golpe propinado por Argentina en el año 2001.


La crisis desatada por las imposiciones del FMI
llevaron al poder a Néstor Kirchner y, con él, se dio inicio a una
política contraria al FMI pese a contar con el rechazo generalizado de
los grandes países capitalistas. La experiencia salió bien y el FMI
quedó muy afectado en su credibilidad y respeto. Si hay que hacer caso
de las cifras oficiales la pobreza se ha reducido un 18% desde entonces
y la recuperación económica es notable. Argentina demostraba que otra
vía era posible y ese camino ha sido seguido después por otros países.


Pero ello no hubiese sido posible sin contar con un
importante financiador alternativo, y ese ha sido Venezuela. Tras el
fracaso del golpe oligárquico del año 2002 y del posterior sabotaje
petrolero, que fue derrotado por el pueblo venezolano en enero de 2003,
el gobierno bolivariano puso en marcha una audaz política exterior que
se ha ido caracterizando por apoyar los procesos emancipatorios en
marcha.


Cuando en diciembre de 2005 Brasil decidió cancelar su
deuda con el FMI la medida sorprendió pero no causó alarma dado el
apoyo con el que cuenta el gobierno de Lula entre las élites económicas
mundiales y el potencial económico brasileño. Pero cuando el presidente
argentino Kirchner anunció la misma medida, el pago de la deuda con el
FMI por anticipado y de una vez, el nerviosismo en el cártel FMI se
acentuó y, con él, en los grandes círculos económicos. Las primeras
reacciones llegaron a través de los sesudos economistas, luego de la
prensa -¡cómo no!- y más tarde directamente del propio FMI y de las
instituciones multinacionales que controla EEUU, llegando a la amenaza
directa de cortar otros créditos en el futuro. Pero Argentina contaba
con el respaldo de Venezuela como nueva fuente de financiación, no se
dejó amedrentar y siguió adelante.


Lo mismo ha sucedido con Ecuador, aunque en mucha menor
medida, y con Bolivia más recientemente. Por todo el continente se ha
extendido un importante debate sobre el control nacional de la energía
y otros recursos naturales, así como el que los beneficios que generan
sean utilizados en sus propios pueblos. Un debate que llevó a Evo
Morales a la presidencia de Bolivia y que se ha convertido en el
principal catalizador de las diferentes expresiones de la izquierda en
Ecuador o en Nicaragua y antes en Perú cuando Ollanta Humala hizo
bandera del aumento significativo de los impuestos a las compañías de
minería y energía, en su mayor parte en manos de multinacionales, para
conseguir recursos con los que paliar la pobreza. Un debate del que
forma parte, además, el generalizado rechazo popular a la firma de
tratados de libre comercio con los Estados Unidos en Colombia, Uruguay,
Perú y otros países centroamericanos.


Ni qué decir tiene que contar con Venezuela como fuente
alternativa de financiación (las reservas internacionales se sitúan en
estos momentos en los 35.071 millones de dólares, ya cinco mil millones
más de los que había a finales del año 2005) ha sido vital para que
estos gobiernos de “la izquierda incorrecta” se hagan algo más inmunes
a las presiones de los Estados Unidos y que su ejemplo esté cundiendo
por todo el continente. Así es como hay que interpretar el éxito de
proyectos como Petrocaribe, el ingreso de Venezuela en el MERCOSUR -que
ha reactivado la economía de los países que lo componen- o la más
reciente propuesta de Chávez de crear un Banco del Sur. Incluso Brasil,
tan del agrado de EEUU, tiene una política nacionalista que resulta
objetivamente favorable a esta tendencia que representa “la izquierda
incorrecta” -como se puso de manifiesto en la cumbre de La Plata en
contra del ALCA- por lo que sumar a Brasil a esta estrategia de forma
definitiva es el gran reto para consolidar el bloque de resistencia a
la política de EEUU. El peso que en ello tenga Heloísa Helena va a ser
decisivo, siempre que no se deje abrazar por el oso: el candidato
derechista que ya ha ofrecido a su partido una alianza contra la
corrupción para derrotar a Lula en la segunda vuelta. El PSOL tiene la
obligación de rechazar esta alianza y apretar al PT por la izquierda
porque ahí está no sólo el futuro de Brasil, sino de América Latina.


Estados Unidos acepta casi todo, pero no que le
cuestionen el bolsillo y menos en unos momentos en que su economía está
en grandes riesgos ante la sangría que supone la ocupación de Iraq y la
amenaza a medio y largo plazo de la bolsa petrolera iraní, ya
oficialmente anunciada el pasado 15 de septiembre por el ministro del
Petróleo del país persa. Dos días después de este anuncio, los EEUU
presionaron a los sectores financieros de las naciones
industrializadas, especialmente a los países que componen el G-8, para
que limitasen el acceso de Irán a los bancos [2] con la excusa de que sus fondos financian al movimiento político-militar libanés de Hizbulá.


Este panorama alentador para la “izquierda incorrecta”
no está exento de amenazas. Venezuela y todo el eje andino y amazónico
se están convirtiendo en un centro vital para la supervivencia del
imperio estadounidense, de forma especial en lo que respecta a los
recursos energéticos, hídricos y minerales. Tampoco está exento de
enfrentamientos entre los países. Ahí está el caso de Bolivia frente a
Argentina y Brasil cuando se anunció la nacionalización de los
hidrocarburos. Pero la tendencia es firme y en la medida en que las
experiencias de Petrocaribe, Petrosur, MERCOSUR , el gasoducto del sur
(que implica importantes contradicciones por cómo afecta a la vida de
determinados pueblos indígenas del sur de Venezuela y del norte de
Brasil) o el Banco del Sur se consoliden el poder de los EEUU en
América Latina será cada vez menor. Esta es la hora de los pueblos,
convencidos de que ya no puede, ni debe, haber marcha atrás.


[1] The Wall Street Journal, 27 de septiembre de 2006.

[2] The New York Times, 17 de septiembre de 2006.



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